Explorando el Tiempo: Una Visita a HSNY y el Debate sobre los Smartwatches
Por Osvaldo Flores
Para muchos, el simple hecho de masticar la palabra “smartwatch” evoca imágenes de una tecnología fría y distante, algo que chocaría con la calidez de la relojería tradicional. Pero hay que admitirlo, en un mundo que avanza a pasos agigantados, donde lo digital parece reinar supremo, es fácil caer en la trampa de la desdicha hacia lo nuevo, hacia lo que no entendemos del todo.
Mientras observaba las piezas icónicas en la colección de HSNY, cada reloj contaba una historia. La precisión de un movimiento suizo, la nostalgia de un reloj de bolsillo, el arte de la relojería mecánica, todo se unía en una sinfonía de ingenio y dedicación. ¿Cómo puedo simplemente rechazar todo esto por algo que parpadea y vibra en mi muñeca? La verdad es que, aunque disfruto de los relojes mecánicos, también tengo una curiosidad insaciable por lo que la tecnología puede ofrecer.
Los smartwatches son, sin lugar a dudas, una revolución en el concepto de medición del tiempo (y mucho más). Nos conectan de formas que nunca imaginamos, nos ayudan a gestionar nuestras vidas con una eficiencia desconcertante. Pero aquí surge una pregunta profunda: ¿cuál es el valor del tiempo que nos ofrece un smartwatch en comparación con el que nos da un reloj mecánico? La respuesta no es sencilla.
Al igual que una buena novela, el tiempo tiene matices, capas que no siempre son evidentes a simple vista. Un reloj no solo marca la hora; es un recordatorio, un gesto de cuidado hacia uno mismo, un ritual que nos conecta con el presente. Así que, ¿debo odiar los smartwatches? Definitivamente no. Puedo apreciar su eficiencia, su funcionalidad moderna, y al mismo tiempo, rendir homenaje a la belleza de la artesanía tradicional.
En medio del bullicio de la vida diaria, a veces nos olvidamos de parar un momento, de mirar el tiempo que realmente tenemos. La experiencia en HSNY me recordó que tanto los relojes mecánicos como los smartwatches pueden coexistir. No se trata de una guerra entre el pasado y el futuro, sino de un diálogo continuo entre lo artesanal y lo digital. Es una invitación a recordar que el tiempo, en todas sus formas, merecer ser vivido con profundidad y sentido.
Así que la próxima vez que alguien me pregunte si odio los smartwatches, quizás responda con una sonrisa y un toque de ironía: “No, en realidad, me encantan. Pero eso no significa que no adore los relojes que cuentan historias.” Porque al final, eso es lo que todos buscamos: una conexión genuina con el tiempo y, por ende, con nosotros mismos. ¿Cómo no amar eso?
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