“LO BARATO SALE CARO.”
Lo dice tu abuela. Lo dice tu tío. Y luego los dos compran zapatos de 399 pesos en el tianguis porque “están igualitos”.
Ramiro compró cuatro pares de botas en cinco años. Según él, “de piel”. Todas con la suela despegada antes del segundo diciembre. Un día sumó lo que había gastado: le alcanzaba para unas botas de trabajo cosidas, de esas que cuando se gasta la suela se mandan a resuelar, no a la basura.
No las compró. “Es mucho dinero de golpe.”
Ahí está el problema completo.
Hay hombres que dejaron de comprar así. En inglés le dicen buy it for life: compra una vez, compra bien y que te dure la vida. Botas con costura Goodyear. Navajas de acero que se afilan, no que se tiran. Una chamarra de lona encerada que con los años se ve mejor, no peor. Un reloj mecánico que no pide pila ni app. Las pinzas del abuelo que todavía aprietan.
No es lujo. El lujo es pagar por una marca. Esto es pagar por la costura, el material y la garantía. Varias de esas marcas reparan lo que venden durante años. Eso no lo hace una empresa que necesita que regreses en seis meses.
Y se volvió un nicho propio. Foros donde un tipo enseña sus botas después de diez años de uso como otros presumen su coche. Talleres que viven de resuelar, coser y engrasar. Hombres que eligen una cartera como eligen a un socio: que aguante y que no los deje tirados.
Porque en el fondo no se trata de los objetos.
Se trata del criterio.
El que compra basura cada temporada también acepta trabajos basura, tratos basura y amistades basura. Todo desechable. Todo “mientras”.
El que compra para toda la vida aprendió a esperar, a juntar el dinero y a preguntar de qué está hecho algo antes de pagarlo.
Eso aplica a unas botas.
Y aplica a la gente que dejas entrar a tu vida.
Ramiro sigue comprando botas cada año.
También sigue en el mismo trabajo que odia.


