Existía en Japón, durante la segunda guerra mundial, un grupo de aviadores que estaban destinados a morir por el emperador. Su tarea consistía en estrellarse con un avión en los cascos de los barcos destructores y portaaviones del enemigo.
Eran bombas letales pues estaban macabramente dirigidas por un humano que se dirigía a una muerte rápida y escandalosa, haciendo el mayor daño posible a las naves enemigas.
Eran hombres que aceptaban un destino que ellos consideraban honorable.
Existen personas sumamente peligrosas, una clase de ojetes bastante nociva y común: los Ojetes Kamikaze.
Por regla general, los ojetes buscan un beneficio propio minimizando la visibilidad de su participación en la conjura o traición de la que son parte.
El ojete inteligente buscará desvincularse y hasta deslindarse de una traición o de un ataque artero para evitar represalias inmediatas. Buscará, incluso, desviar la atención de la culpa hacia un chivo expiatorio.
Pero el Ojete Kamikaze es un tipo bastante peculiar.
Es una persona que buscará afectarlo sin importar las consecuencias de sus actos.
Es alguien que aún en desventaja es ojete, sabiendo que podría sufrir represalias contundentes y, aún así, no le importa. Parece que busca abiertamente que alguien termine con una vida de miseria y poca inteligencia.
Usted podría pensar que no ha conocido a alguien tan poco brillante, pero la falta de inteligencia es precisamente el ingrediente que hace peligroso a este tipo de personas.
De hecho, es posible que ni siquiera esté consciente que, al tratar de dañarlo a usted, él mismo se esté colocando la soga al cuello.
La narración a continuación la leí de un extracto de un libro de Víctor Ronquillo, fue en los años noventa y recuerdo haberla leído en la revista Complot Internacional.
Por favor, solo es con fines explicativos, no es una referencia fiel, es únicamente un recuerdo que retrata de forma fiel al ojete Kamikaze.
Se relata que, en el norte de México, en un poblado dominado por el narco, transcurría una fiesta.
Alcohol, drogas, mujeres. Lo usual.
Había jefes y sicarios.
Todos convivían y departían alegremente al ritmo de la música norteña.
Ya entrada la noche, uno de los lugartenientes de esta organización comenzó a tener efectos a causa de toda la droga y el alcohol que corría en su flujo sanguíneo.
Sintió una necesidad imperiosa de ser sincero, de ser honesto, de decir la verdad.
De hablar abiertamente.
Así es que, dando tumbos, fue con su jefe y, con lágrimas en los ojos, le confesó que había estado robando dinero y droga de embarques que después reportaba como decomisados o perdidos.
Su jefe lo escuchó atentamente.
Con prisa, alguien corrió al grupo musical y a todas las mujeres de la fiesta.
El silencio se hizo sepulcral.
Al tipo le cayó una lluvia de golpes. Reclamos.
Fue golpeado de forma brutal.
Casi de madrugada, fue amarrado a un auto y fue arrastrado por toda la ciudad hasta que no quedó más que una masa de carne sanguinolenta arrastrando de una cuerda. Todo su cuerpo había sido esparcido en las calles de la ciudad.
Los ojetes Kamikaze no comprenden las consecuencias.
El tipo pensó que un arranque de sinceridad le granjearía el perdón de su jefe.
Antes de morir, le dijo que pagaría todo lo que había robado.
Pero nada de eso bastó. Después de comprobar el robo fue golpeado, y días después fueron ejecutados todos los involucrados y el grupo que estaba a cargo de esos embarques y entregas.
Todos eran cómplices.
Todos debían pagar.
Un ojete Kamikaze
Alguien que, sabiendo lo estúpido que es, no sabe controlar sus impulsos y sus deseos.
Sabiendo lo que hacía, podía simplemente callarse pero su debilidad pudo más; no sólo se afectó a él mismo, sino a todo un grupo que seguramente murió maldiciendo la hora en la que confiaron en alguien tan poco brillante.
Es lo que se conoce popularmente como «darse un balazo en el pie».
En un sentido más terrenal y menos peligroso, los ojetes Kamikaze se manifiestan en formas de jefes abusivos, parejas tóxicas, familiares que son capaces de dañarlo aunque se dañen a ellos mismos en el proceso, solo para consumar una venganza.
Son esas parejas que prefieren pelear en tribunales a sabiendas que afectan sus intereses y los de sus hijos.
Es imposible hacer frente a alguien que lleva kilos de explosivos en un avión con destino a estrellarse.
Es difícil razonar con alguien que explotará la bomba que trae pegada al cuerpo y que cree que irá al cielo si lo hace.
El ojete Kamikaze es suicida y temerario. No se le puede confiar un secreto, aun cuando este secreto lo involucre y lo afecte. Lo usará cuando sus tripas le griten que necesitan vengarse o desquitarse de alguna afrenta, real o imaginaria.
En resumidas cuentas, trata usted con una persona visceral, impulsiva y explosiva.
Son generalmente histriónicas y, en su retorcida visión, todo lo que hacen lo hacen por «ser honestos y componer las cosas».
Es el marido infiel que, sorprendido por la culpa, de pronto siente un ataque de honestidad y le cuenta a su esposa que ha estado engañándola por años.
Ha destruido a su familia y no pudo haberlo manejado peor.
Podría haberlo hecho de mil formas que amortiguaran el golpe a su familia y negocios.
Podría haber buscado una salida pacífica, hacer las cosas bien en su interior, alejarse y divorciarse por motivos más comprensibles para su esposa. Podría haber logrado, incluso, terminar de forma amistosa.
Pero prefirió ser sincero y ahora no tiene casa, no podrá ver a sus hijos a pesar de lo que diga el juez y su situación económica pasa por duros momentos.
Podríamos pensar que es una víctima, pero es solo un ojete Kamikaze que pudo haber corregido el rumbo si no le hubiera brotado de pronto una conciencia.
Podría haber minimizado el daño que de forma directa llevaba infringiendo a su familia.
Pero no es muy brillante.


