La infantilización normalizada de las “masas oprimidas” se ha vuelto una constante que aprovechan vividores que cantan arengas que son fáciles de aprender por una chusma ávida de ser apapachada a pesar de sus errores, fallos y pésimas decisiones individuales.
Esos vividores odian la superación personal, el desarrollo individual y los logros persnales pues estos anulan de forma aplastante su narrativa de derrota.
Su pura estética es ya, de por si, símbolo de una derrota fáctica que desean compartir y extender a todos los que los escuchan.
Es fácil hacerse de seguidores cuando lo que dices es algo fácil de aprenderse, incluso “si quieres, puedes” es algo mucho más dificil de digerir que “todos tienen la culpa de mi mala suerte menos yo”
El discurso fácil, aquel que despoja al individuo de sus decisiones es el más fácil de abrazar.
Hay un enorme nicho de vividores que peleará para tener un lugar en el foco de la atención simplemente por decirles a los que los siguen: “tu no tienes la culpa de nada”
A esos vividores les urge que el individuo no sea responsable, lo minimizan y lo infantilizan hasta despojarlo de su responsablidad para prevalecer.
No es suficiente la pura voluntad de una persona para avanzar en sus objetivos, se requieren otros muchos requerimientos que factores externos podrían obstaculizar y aún así, en medio de la tormenta más espesa, el hombre de bien avanza, prevalace aunque se quede como una mera anomalía de la estadística, esa “excepción a la regla” que jode la métrica de la movilidad social.
Esa movilidad social que nos indica que el avance del de a pie es “casi cero” si, PERO NUNCA ES CERO.
Ese individuo excepcional no se volverá rico, no será millonario, no aparacerá en la portada de Forbes ni será multimillonario.
Se contenta con construir, con levantar puentes y por sembrar árboles cuyos frutos jamás comera. El vividor lo odia, pues sabe que ese hombre construye para el mañana, mientras el vividor, un tipo débil, estéril y reacio a reproducirse sabe que sólo tiene la limitada cantidad de tiempo que le queda para depredar y convencer a los demás que su estilo de vida inútil y ocioso es lo mejor que le pudo pasar.
El hombre de bien no entiende a Marx ni a Smith, no le interesa el índice de crecimiento ni lo que dice la OCDE sobre lo mucho que trabaja, el llegará a casa, cansado, orgulloso del jornal diario a seguir avanzando a pesar de que hay algún vividor que “se preocupa por él”
No sólo basta el querer, se requiere la acción, la planeación. El trabajo duro vale madre, se requiere trabajo inteligente, inversión, ahorro, postergación del consumo, repetir ese ciclo hasta que puedes tener la certeza de que tus hijos son pendejos acomodados como para renegar de sus “privilegios”



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